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19/05/2017 - En la prensa

Girasoles de Nicaragua muestra un hito femenino.

En el país centroamericano, 14.486 mujeres ejercen el trabajo sexual y 18 también son mediadoras judiciales.

Redacción Cultura La primera vez que las 18 integrantes de la Asociación de Mujeres Trabajadoras Sexuales ‘Girasoles’ fueron al cine, lo hicieron para ver una película documental sobre sus vidas. Fue en Managua, la capital nicaragüense y el filme se llamaba como ellas: Girasoles de Nicaragua. Florence Jaugey, la directora de la película, vino por vez primera a Ecuador esta semana para presentar la obra en Quito y Guayaquil. Sus 4 personajes principales son facilitadoras judiciales nombradas como tales por la Corte Suprema de Justicia de Nicaragua, una gesta única en el mundo. María Elena Dávila, la fundadora de la asociación –y quien también suele llevar el cabello ensortijado–, temía que al hablar de sus dos trabajos con los medios de comunicación, terminaran estigmatizándola, cuenta Jaugey, quien vive más de 3 décadas en el país centroamericano al que llegó de Francia. El acuerdo, conseguido mediante varias conversaciones, para poder rodar el documental, fue que las mujeres pudieran ver el final cut, la edición última del filme porque la mayoría de medios soslayaban sus reivindicaciones, enfocándose en las frivolidades de su oficio y de la calle.
“Ahora, las cosas han cambiado”, dice la cineasta francesa horas antes de presentar su película en el cine Ochoymedio. “Ya las enfocan como trabajadoras sexuales organizadas y defendiendo sus derechos porque han logrado imponerse”. El término ‘prostituta’ es reprobado por Dávila y sus compañeras. La coordinadora de Girasoles Nicaragua estuvo cientos de horas con una cámara que seguía sus actividades de mediación, unas acciones en que la condición de madre llegó a ser fundamental. Madres trabajadoras que solucionan conflictos sociales En el trabajo sexual, el uso del espacio, normado por propietarios que imponen reglas casi sin garantías, suele ser restringido y clandestino. “Ellas no consideran que están prostituyéndose, sino vendiendo un servicio de forma directa, uno que se da como transacción entre las servidoras y los clientes”, explica Jaugey. La regulación de ese trato hizo que las involucradas empiecen a hablar de su autonomía, de la capacidad para administrar sus ganancias sin injerencia de quien pudiera explotarlas. La cineasta agrega un matiz para entender la cuestión: “todo el mundo piensa que el trabajo sexual, forzosamente, pasa por la explotación, pero puede ser deliberado. Un trabajo en que una persona trabaja con su cuerpo, lo vende, como se venden ideas, por ejemplo, ideas que a veces se prostituyen”. Los derechos de estas trabajadoras, sus condiciones de salud y el imaginario que las envuelve al ser madres son aspectos de los conflictos que resuelven, además de otros problemas domésticos o vecinales. Evitar la clandestinidad, los abusos y la trata de personas son objetivos del colectivo, que trabaja en todo el territorio nicaragüense porque algunas mujeres prefieren laborar lejos de sus domicilios o de forma itinerante, esto como forma de cuidar su privacidad, incluso frente a sus hijos, quienes estudian gracias a ellas. La montañosa Jinotega, en el norte del país, fue uno de los primeros enclaves de estas facilitadoras judiciales, a quienes capacitó la OEA (Organización de Estados Americanos) para resolver conflictos menores luego del desarme de una guerra que asoló al país hasta inicios de los años noventa. Los problemas que resolvían impidieron que muchos casos no lleguen a tribunales y cortes de Nicaragua. El trabajo de mediación convirtió a ciertas trabajadoras sexuales, como Dávila, en líderes de las comunidades que visitaban. Como muchas no acceden a la educación formal, las integrantes de Girasoles son autodidactas y “hay personas que, incluso, han llegado a llamarlas licenciadas”, sonríe Jaugey. “En un night club nicaragüense, por ejemplo, despidieron a una muchacha por estar embarazada y la asociación logró que se cumplieran sus derechos, que la reintegraran, como en cualquier otro trabajo”. La mayoría de mujeres son madres y la precariedad que rodea sus labores es parecida en entornos rurales y urbanos. Yessenia Alston –quien aparece con el cabello teñido y las cejas tatuadas–, es una de las facilitadoras, ella resolvió un caso que involucraba a un policía. “Hay abogados que están furiosos porque ellas les quitan trabajo y sus labores de mediación son gratuitas”, suelta Jaugey, siempre sonriente. (I)

Datos Nicaragua se convirtió en el único país del mundo en el que las trabajadoras sexuales ejercen justicia a través de la mediación, luego de que la Corte Suprema de Justicia nombrara a 18 como facilitadoras judiciales. La película que narra las vivencias de las integrantes de la Asociación de Mujeres Trabajadoras Sexuales Girasoles se ha estrenado en Nicaragua, Estados Unidos, llegó a Ecuador (EDOC) esta semana y se proyectará en España la próxima semana. Florence Jaugey es realizadora, productora, guionista y actriz. En 1990 fundó -con su esposo, Frank Pineda- la productora independiente Camila Films. Jaugey fue ganadora del Oso de Plata de Berlín con el cortometraje Cinema Alcázar (1998) y del premio de la Sociedad de Autores del Festival Internacional de Documentales ‘Cinéma du Réel’, en París, con el documental La Isla de los Niños Perdidos (2001).

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