8/07/2020 - Comunicados

Las pandemias y el trabajo sexual

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Las trabajadoras sexuales estamos entrenadas para enfrentar las condiciones y consecuencias que implican escenarios como los de una pandemia. Hemos aprendido a cuidarnos y defendernos entre nosotras, y ahora, que hacemos frente a la crisis mundial por COVID19, esa experiencia con la que contamos la estamos volcando en conocer las particularidades de este fenómeno y diseñar así, herramientas de prevención específicas para seguir haciendo lo que hemos hecho durante décadas: sobrevivir a una pandemia, a una más, ya que ha sido la del estigma y discriminación la que nos ha entrenado desde siempre para sobrevivir, ahora, a esta.

Al igual que en una pandemia -ya que fue en todo el mundo-, a fines del siglo pasado las personas que nos atrevimos a pensar y proponer en la prestación de un servicio sexual como un trabajo, tuvimos que enfrentar el rechazo y discriminación que imponen la moral, sobre todo lo que tenga que ver o esté relacionado con la sexualidad.

Y es que ofrecer servicios no es algo cuestionado, pero, si se trata de nuestra genitalidad como herramienta para ello, emergen los discursos patriarcales que nos sacralizan a las mujeres, a la vez que nos prohíben el placer y la autonomía. Son los mismos discursos que sostienen que nuestros roles sociales y sexuales responden únicamente a la reproducción y maternidad.

Pero no son los únicos, están quienes dicen que no debemos dejarnos explotar por el sistema opresor que mercantiliza los cuerpos, y aunque es una premisa con la que muchas de nosotras podemos estar de acuerdo, consideramos necesario problematizarla, ya que es la misma que invocaron los sectores anarco sindicalistas de finales del siglo XIX, los cuales, sostenían que organizar sindicatos significaba validar la explotación capitalista. Si esa postura hubiera prosperado probablemente este sería un mundo sin sindicatos. Y es por esto que sostenemos que la falta de reconocimiento para las mujeres que somos trabajadoras sexuales no solo nos expone a la explotación, sino que lo hace con el agravante de no contar con herramientas que efectivamente frenen los abusos, impidiéndonos acceder a los derechos que las personas trabajadoras reconocidas, en general, tienen.

Estamos de acuerdo en que hay que luchar por cambiar las relaciones de poder, pero mientras eso sucede nosotras necesitamos –y es nuestro derecho que así sea-, tener acceso a políticas públicas que nos permitan tener una mejor calidad de vida.

De manera que la violenta y excluyente pandemia que venimos enfrentando desde mucho antes de que existieran el COVID19 y el VIH, lamentablemente no se resuelve en un laboratorio químico, en farmacéuticas, ni con aislamiento o anticuerpos, se resuelve en el orden de lo cultural y social, con mentes abiertas al entendimiento, al diálogo, al debate y el respeto a la diversidad.

Necesitamos que esa visión de mundo desconlonial y despatriarcal nos interpele, y que nos permitamos la pregunta: ¿Deben seguir existiendo lineamientos académicos y burocráticos que nos digan lo que está bien y lo que está mal? Nosotras creemos que no. Necesitamos una visión de mundo feminista que deconstruya prácticas que hoy, a nosotras, nos condenan al virus de la marginalidad, que está compuesto por sectores mafiosos en complicidad con algunos políticos, funcionarios judiciales y funcionarios de seguridad.

Ese mundo feminista necesita dejar de interpelarnos a las personas que logramos separar al sexo del amor, ya que uno de los principales señalamientos que nos hacen, es el cómo podemos sostener intercambios sexuales con personas desconocidas, y es que al momento de trabajar no nos estamos enamorando. Obsoleto pero vigente mandato que nos sigue condicionando a las mujeres hasta hoy en el ejercicio de nuestra sexualidad.

Nosotras hemos sido y seguiremos siendo las primeras en condenar la trata de personas. Por eso mismo les pedimos que no les sigan otorgando herramientas a los sectores mafiosos que se aprovechan de nuestra necesidad de trabajar y que en virtud de ello nos “brindan protección”, situación que mezcla y confunde nuestro trabajo autónomo con la trata de personas, ocasionando nefastas consecuencias.

Desde el año 2010 en adelante se han creado y modificado leyes que equivocadamente siguen consignando esta mezcla y confusión. Y que han arrojado como consecuencia, que muchas de las personas que intentaban salir de los prostíbulos y/o dejar de pagar coimas a cambio de poder trabajar, fueran blancos de violentos y cinematográficos operativos policiales que lo único que lograron fue criminalizar a las trabajadoras organizadas en formas de cooperativa, o que alquilaban entre todas departamentos compartiendo los gastos para trabajar. La respuesta está al alcance de todas las personas que queramos ver la realidad: muchas veces quienes arman e impulsan esos operativos son los mismos que perderían jugosas ganancias si las trabajadoras sexuales nos organizamos y trabajamos de forma autónoma, ya que dejarían de recibir sus ilegales coimas.

Las personas que nos autodeterminamos trabajadoras sexuales somos una minoría, sin embargo ese jamás debería ser un motivo para negarnos derechos. Somos conscientes de la dificultad que implica darle pelea a una pandemia que tiene un arraigo cultural milenario. Cuando avanzamos un paso nos encontramos con personas contradictoras que nos hacen retroceder dos, y que aunque nos castigan con una violencia inusitada, jamás les consideramos enemigas. Lamentamos que muchas veces recurran a la falsedad en argumentos y descalificaciones personales, situaciones que únicamente dan cuenta de su funcionalidad al modelo vertical, elitista y patriarcal, el cual, solo les concede a ellxs, lxs iluminadxs, el poder determinar lo que está bien y lo que está mal.

Por todo esto y apelando al entrenamiento de décadas con el que contamos, es que desde nuestro movimiento estamos trabajando en la creación de herramientas de prevención frente al COIVID19, del mismo modo que en su momento lo hicimos con el VIH y las ITS, mientras tanto y en paralelo, seguimos trabajando y esperamos que la sociedad entera comprenda que la más violenta pandemia que debemos erradicar de nuestras sociedades es la del estigma y la discriminación.

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